Mucha gente vive a la vez su fe y su orientación o su identidad; otras personas dejan la fe o cambian de confesión, y esa decisión es tuya. La terapia no la toma por ti ni ataca tus creencias. Lo que sí se puede trabajar es lo que duele por el camino: la culpa, el miedo al castigo, la vergüenza y el cansancio de llevar una doble vida. Tu orientación y tu identidad no son un síntoma ni algo que corregir, y en España las terapias de conversión están prohibidas por ley, aunque la persona dé su consentimiento.

Si estás pasando por un momento de crisis o aparecen pensamientos de hacerte daño, no lo sostengas a solas: 024 (línea de atención a la conducta suicida, 24 h), 112 si hay peligro inmediato, o 717 003 717 (Teléfono de la Esperanza).

Si ahora mismo sufres violencia en tu familia, te han echado de casa o estás viviendo abusos dentro de un grupo y hay peligro, llama al 112. Si temes que ocurra, los servicios sociales de tu ayuntamiento pueden orientarte. Tu seguridad va antes que cualquier conversación sobre la fe.

Escribo para personas adultas: gais, lesbianas, bisexuales, personas trans y no binarias que crecieron en la fe católica o en otra confesión cristiana, practiquen hoy o no. Algunas frases de ejemplo, compuestas y no tomadas de casos reales: «rezo para que se me pase y no se me pasa», «en mi comunidad soy una persona y en casa soy otra», «me da pánico que Dios me castigue», «no sé si todavía tengo derecho a creer».

Respuesta rápida: la decisión sobre tu fe es tuya

Hay quien sigue practicando y encuentra una comunidad donde puede estar en paz. Hay quien cambia de comunidad o de confesión, quien se aleja de la religión y conserva una espiritualidad propia, y quien la deja del todo. Ninguna de esas salidas es la correcta por defecto, y ninguna es un objetivo de la terapia.

Lo que tiene sentido trabajar es el precio que pagas ahora: noches de culpa, miedo a un castigo, vigilancia de cada gesto, una vida partida en dos. Ese sufrimiento se puede atender sin que nadie te empuje a creer más ni a creer menos.

¿Qué se entiende por «trauma religioso»?

Aquí no lo uso como diagnóstico ni como síndrome. Lo uso para describir algo que mucha gente reconoce en su historia: las heridas que dejan años de mensajes contra tu deseo o contra tu identidad, recibidos en un entorno que además era tu casa, tu gente y tu manera de entender el mundo.

Por eso duele de una forma particular: lo que te hacía daño venía mezclado con lo que te sostenía, y la misma comunidad que te acompañó en un entierro o en una boda podía transmitirte, otro día, que lo que sentías estaba mal.

En un estudio con personas lesbianas, gais y bisexuales de Nueva York, frecuentar entornos religiosos que no aceptaban la diversidad sexual se asoció a más homofobia interiorizada, aunque no apareció un efecto directo sobre la salud mental (Barnes y Meyer, 2012). Un metaanálisis posterior, con 73 estudios, encontró que la relación entre religiosidad y salud en las minorías sexuales es pequeña, positiva en conjunto y muy variable. Sus autores proponen, como explicación inicial, que depende del punto en que esté cada persona con su identidad, de cómo vive hoy sus creencias y de cuánto apoya su entorno las dos cosas (Lefevor y colaboradores, 2021).

La fe, por sí sola, no explica el malestar. También cuentan los mensajes de rechazo que recibiste, cómo vives hoy tu identidad y tus creencias, y el apoyo que tienes alrededor.

La culpa, el miedo al castigo y la doble vida

Cuando el rechazo se aprende dentro de un marco religioso suele dejar huellas que se reconocen bien:

  • Una culpa que no se apaga y que nace de lo que sientes, no de haber hecho daño a nadie. Puede aparecer después de un beso, de una cita o de un simple pensamiento.
  • Miedo a un castigo. A veces es una imagen muy concreta; otras, una sensación difusa de que algo malo pasará si te permites vivir.
  • La sensación de que hay algo sucio o defectuoso en ti, muy cercana a lo que explico en trauma y vergüenza.
  • Vigilancia: controlar cómo hablas, cómo vistes o a quién miras delante de tu comunidad o de tu familia.
  • Una doble vida, con una versión de ti para la parroquia y la familia y otra para el resto, y el agotamiento de sostener las dos.

Pachankis propuso un modelo para entender por qué esconder un estigma no libra del malestar: la ambigüedad de cada situación social y la amenaza de que te descubran tienen un coste psicológico propio, que se nota en lo que piensas, en lo que sientes y en cómo te relacionas (Pachankis, 2007). Si te reconoces en esto, homofobia interiorizada cuenta cómo el rechazo aprendido acaba hablando con tu propia voz.

Qué se trabaja en terapia (y qué no)

La terapia afirmativa no busca que mantengas tu fe, que la cambies ni que la dejes. Trabaja la culpa, el miedo al castigo, la vergüenza y la doble vida, y deja tus creencias donde tú las pongas. Si rezas, si vas a misa o si hace años que no pisas una iglesia, se respeta igual. Nadie va a discutir contigo de teología ni a tomarse a broma lo que para ti es importante.

Lo que suele ocupar las sesiones:

  • Distinguir la culpa que te avisa de un daño a otra persona de la que nace de los mensajes de rechazo hacia lo que sientes.
  • Bajar el miedo cuando ya no responde a argumentos y se ha quedado en el cuerpo.
  • Decidir qué hacer con la doble vida: con quién, cuándo y cuánto mostrarte, a tu ritmo y con tu seguridad por delante.
  • Hacer sitio al duelo por una comunidad, por una imagen de ti o por la familia que esperabas.

Lo que no se hace: proponerte como objetivo cambiar tu deseo, tu conducta sexual o tu expresión de género, pedirte abstinencia o comprobar «si de verdad lo eres». Si lo que tienes es una pregunta abierta sobre tu orientación, tiene su propio espacio en dudas sobre tu orientación sexual.

En España, además, el artículo 17 de la Ley 4/2023 establece: «Se prohíbe la práctica de métodos, programas y terapias de aversión, conversión o contracondicionamiento, en cualquier forma, destinados a modificar la orientación o identidad sexual o la expresión de género de las personas, incluso si cuentan con el consentimiento de la persona interesada o de su representante legal». Practicarlas, con o sin consentimiento, es una infracción administrativa muy grave (art. 79.4.d).

Si pasaste por una terapia de conversión

Si en algún momento te llevaron, o fuiste por tu cuenta, a un grupo, un retiro o una consulta cuyo fin era cambiar tu orientación o tu identidad, es lógico que ahora desconfíes de cualquier terapia. Esa desconfianza es una respuesta comprensible a lo que viviste, y merece respeto: no es resistencia, ni tienes que vencerla antes de empezar.

En una muestra representativa de adultos de minorías sexuales de Estados Unidos, haber pasado por intentos de cambiar la orientación se asoció a más ideación suicida y a más intentos de suicidio a lo largo de la vida, también después de tener en cuenta las experiencias adversas de la infancia. Los autores recomiendan ofrecer atención afirmativa a quienes lo vivieron (Blosnich y colaboradores, 2020). Es una asociación en un grupo grande de personas, no una predicción sobre ti. Si al leer esto te reconoces y aparecen pensamientos de hacerte daño, llama al 024.

Para volver a confiar en un profesional puede ayudarte:

  • Preguntar por su enfoque antes de empezar: qué entiende por terapia afirmativa y qué haría si sacas tu fe en sesión.
  • Saber que puedes parar una conversación, una sesión o el proceso entero, sin dar explicaciones.
  • Pedir transparencia: que te explique qué propone y para qué, sin objetivos escondidos.
  • Marcar tu ritmo. No hace falta contar lo que pasó en las primeras sesiones, ni contarlo entero.

Si hubo humillaciones, amenazas o abusos, se trabaja con el cuidado que pide el trauma: primero tu seguridad y tu estabilidad, y solo después los recuerdos.

Familia, comunidad y abusos dentro de un grupo

Cuando la familia es muy religiosa, el conflicto no suele ser con una sola persona, sino con todo un sistema de pertenencia. Puede que tus padres intenten sostener a la vez su fe y su cariño por ti y no sepan cómo; puede que haya silencio, presión o una ruptura. Merece la pena mirar las conductas concretas: pedirte que no lo cuentes «por el qué dirán», condicionar el afecto a que lo escondas, apartarte de las celebraciones o amenazar con echarte de casa. Rechazo familiar por ser LGTBIQ+ habla del duelo por una familia que sigue ahí, y salir del armario en la adultez de cómo preparar la conversación y tus límites.

Perder una comunidad también es un duelo, aunque nadie lo llame así: el coro, el grupo de los domingos, las amistades de toda la vida, los rituales que ordenaban el año.

Si dentro de un grupo religioso hubo abusos de poder, de conciencia o sexuales, la responsabilidad es de quien los cometió, no tuya. Si hubo abuso sexual, el camino pasa por la atención al trauma, a tu ritmo y empezando por tu seguridad.

Si quien vive esto ahora es menor de edad, por ejemplo, si tiene que ir a un grupo o a un retiro que intenta cambiar su orientación o su identidad, la prioridad es su protección: el 112 si hay peligro, el teléfono de la Fundación ANAR (900 20 20 10) y los servicios de protección de menores de su comunidad autónoma. Si eres madre o padre y quieres acompañar, empieza por qué hacer si tu hijo o tu hija es LGTBIQ+.

¿Cuándo pedir ayuda?

Tiene sentido buscar apoyo si la culpa o el miedo al castigo te acompañan casi a diario, si la doble vida te está agotando, si has perdido tu comunidad o tu familia y no sabes dónde poner ese duelo, o si pasaste por una terapia de conversión y quieres volver a confiar sin que nadie te presione.

Si aparecen pensamientos de hacerte daño, no esperes a tener cita: 024 (24 horas), 112 si hay peligro inmediato o 717 003 717 (Teléfono de la Esperanza). Si sufres violencia o expulsión en tu familia, o abusos dentro de un grupo, y hay peligro, llama al 112; si temes que ocurra, los servicios sociales de tu ayuntamiento pueden orientarte.

La valoración gratuita la hace el equipo y es un primer espacio, sin juicio, para ordenar por dónde empezar, con tu fe dentro o fuera de la conversación, como tú decidas. El trabajo continúa en terapia LGTBIQ+ online, donde no hacemos terapia de conversión bajo ninguna forma. Tienes más artículos en el blog LGTBIQ+.

Esto es divulgación y no sustituye una consulta. Andrés Silvestre Gámez, psicólogo general sanitario, colegiado M-40811 (COP Madrid).

Preguntas frecuentes

¿La terapia va a intentar que deje la fe?

No. La decisión sobre tu fe es tuya, y se respeta tanto si practicas como si dudas o ya no crees. Lo que se trabaja es el sufrimiento: la culpa, el miedo, la vergüenza y el peso de esconderte.

¿Puedo seguir yendo a misa o a mi comunidad mientras hago terapia afirmativa?

Sí. Se puede mirar cómo te sientes allí, qué te hace bien y qué te hace daño, y qué quieres hacer con eso. La respuesta la pones tú.

¿Y si lo que quiero es dejar de sentir atracción por personas de mi mismo género?

Se entiende que, después de años de culpa, quieras que el conflicto desaparezca. Cambiar la orientación o la identidad no es un objetivo terapéutico, y en España esas prácticas están prohibidas por el artículo 17 de la Ley 4/2023. Sí se puede trabajar la culpa que hace que cambiar parezca la única salida.

¿El «trauma religioso» es un diagnóstico?

Aquí no se usa como diagnóstico ni como síndrome. Describe las heridas que dejan años de mensajes contra tu deseo o tu identidad. Para pedir ayuda no necesitas ninguna etiqueta: basta con que te esté haciendo daño.

Pasé por una terapia de conversión y desconfío de cualquier psicólogo. ¿Es normal?

Es comprensible. Tu desconfianza viene de una experiencia real. Puedes preguntar por el enfoque antes de empezar, ir a tu ritmo y parar cuando lo necesites.

¿Necesito que el profesional comparta mi fe?

No hace falta. Lo importante es que respete tus creencias, que no las use contra ti ni contra tu orientación, y que puedas hablar de ellas sin miedo a que te juzguen.