Lo que mucha gente llama «segunda adolescencia gay» es una expresión popular, no un diagnóstico ni una etapa formal. Describe algo que se entiende bien: si pasaste la adolescencia escondiendo quién eras, es lógico que las primeras citas, el primer enamoramiento o la primera noche de fiesta sin vigilarte lleguen a los 25, a los 30 o a los 45. Es una respuesta comprensible a años de ocultación, no un retraso ni un fallo tuyo. Lo que a veces pide ayuda es lo que viene pegado a esa vivencia: la vergüenza, la comparación o la prisa.
Si estás pasando por un momento de crisis o aparecen pensamientos de hacerte daño, no lo sostengas a solas: 024 (línea de atención a la conducta suicida, 24 h), 112 si hay peligro inmediato, o 717 003 717 (Teléfono de la Esperanza).
Escribo pensando sobre todo en hombres gais y bisexuales adultos, aunque hay mujeres lesbianas y bisexuales, y personas trans o no binarias, que viven cosas parecidas desde su propia historia. Y hay gais a los que nada de esto les suena. Puede que tengas 32 años y te tiemblen las manos en la primera cita, que sientas que tus amigos ya pasaron por todo esto mientras tú acabas de empezar, o que quieras vivirlo todo ya, como si se te fuera a acabar el plazo.
Respuesta rápida: vas en el orden en que pudiste
Durante años, buena parte de tu energía se fue en que no te descubrieran: medir lo que decías, a quién mirabas, qué contabas el lunes en el trabajo. Esconder una parte de ti tiene un coste, y Pachankis (2007) lo describió en un modelo sobre ocultar un estigma: a la amenaza de que te descubran se suma la ambigüedad de las situaciones sociales, y las dos cosas desgastan.
Cuando esa vigilancia afloja, sale lo que había quedado en espera: ligar, enamorarte con nervios de principiante, equivocarte, salir hasta tarde, probarte esa ropa o ese corte de pelo que antes no te permitías. Vivirlo ahora no te hace menos adulto. Es lógico después de haber tenido que aplazar una parte de tu vida.
Preguntarte «¿por qué no lo hice antes?» no te lleva muy lejos. Sirve más preguntarte cómo quieres vivirlo ahora, a tu manera y sin hacerte daño.
¿Por qué se habla de «segunda adolescencia»?
La expresión circula en conversaciones, redes y foros, y algo de razón tiene: hay experiencias que en otras biografías llegan a los 15 o a los 17 y en la tuya llegan después. Pero no hay que tomarla al pie de la letra, porque no vuelves a ser adolescente. Esas primeras veces las vives con cabeza de adulto, con trabajo, amistades y criterio propio, y eso lo cambia mucho.
Sí está estudiado que la edad de estos hitos varía mucho. En una muestra comunitaria de 767 personas lesbianas, gais y bisexuales de 18 a 74 años, quienes se reconocieron como tales ya de adultos tuvieron una trayectoria más tardía en todos los hitos que se midieron, incluidas las primeras experiencias sexuales con alguien de su mismo sexo. En ese grupo era también más frecuente haber tenido experiencias sexuales con personas de otro sexo (Floyd y Bakeman, 2006).
También pesa la época. En Estados Unidos, una muestra nacional de 1.491 personas de minorías sexuales, nacidas en tres generaciones distintas, encontró que las más jóvenes, frente a las mayores, alcanzaban antes y más seguidos los hitos de identidad: la primera atracción, darse cuenta, la primera experiencia sexual con alguien de su mismo sexo y contarlo a un amigo y a la familia (Bishop y colaboradores, 2020).
Es decir, el calendario depende también del momento y del entorno en que creciste, y si te reconociste tarde, lo esperable es que lo demás llegue después.
Lo que suele aparecer cuando por fin te lo permites
La prisa
Es frecuente sentir que hay que vivirlo todo ya: muchas citas en poco tiempo, decir que sí a cualquier plan, miedo a que se cierre la ventana. Tiene sentido si durante años notaste que el tiempo se te escapaba. A veces esa prisa es disfrute sin más, y otras te lleva a decisiones que luego no reconoces como tuyas.
La comparación
Te comparas con gais de tu edad que salieron del armario con 16 años, con parejas que llevan una década juntas, con los cuerpos que ves en las apps. Desde fuera parece que ellos ya saben y tú estás aprendiendo, pero estás poniendo tu primer capítulo al lado del décimo de otra persona, que además empezó en otras condiciones. Si lo que más te pesa es el cuerpo o la expresión de género, en plumofobia y presión estética explico de dónde sale esa criba.
El vértigo de lo nuevo
Sin ensayo previo, todo llega a la vez: cómo se liga, qué quiere decir un mensaje, cómo se dice que no, qué haces con unos celos o con un desamor que duele como el primero, porque lo es. Te vas a equivocar, como se equivoca cualquiera que está aprendiendo, tenga 15 años o 40.
¿Cuándo deja de sentarte bien?
No hay un número correcto de citas, de parejas o de noches de fiesta, ni una edad a la que toque sentar la cabeza. El criterio es tuyo, no una idea de lo normal que te llega de fuera. Aun así, merece la pena mirarlo si te ves en alguna de estas situaciones:
- Te deja malestar a ti, aunque desde fuera nadie vea nada raro: vacío después, ansiedad, una culpa que no se va.
- Notas que pierdes el control de cosas como el sueño, el dinero o el trabajo.
- Hay daño, para ti o para otras personas.
- Actúas en contra de tus propios valores y después te cuesta reconocerte.
Si en todo esto aparecen sustancias para ligar o para el sexo y te preocupa, consúltalo con tu médico o con un servicio especializado de reducción de daños. En chemsex: qué hay debajo lo trato con más calma. Cualquier duda de salud sexual, también con tu médico.
Estos puntos hablan de cómo estás tú. De tu orientación no dicen nada.
Consentimiento y relaciones que no te cuidan
Sin experiencia previa cuesta más distinguir lo intenso de lo que no está bien, y quien quiere aprovecharse lo sabe. Nadie tiene derecho a presionarte para hacer algo que no quieres, a controlar con quién hablas ni a amenazarte con contar quién eres. Que estés empezando no te obliga a aceptar nada que te haga sentir mal.
Si reconoces algo de esto en una relación, violencia intragénero te ayuda a ponerle nombre y explica qué protección hay en España. Si algo ocurrió sin tu consentimiento, la responsabilidad es de quien lo hizo, no tuya. Es una herida que pide cuidado y se trabaja como tal desde la terapia de trauma; para empezar, secuelas de un abuso sexual: por dónde empezar.
En qué se diferencia de otros artículos
- Salir del armario en la adultez trata la revelación: cuándo contarlo, a quién, cómo reacciona la familia, y también el duelo por los años de silencio. Este artículo empieza después, cuando ya lo has dicho (o por lo menos te lo has dicho a ti) y toca vivirlo.
- Homofobia interiorizada explica esa voz que te juzga desde dentro. Aquí aparece cuando te reprochas «a mi edad, esto» o te da vergüenza disfrutar.
- Estrés de minoría parte del modelo de Meyer (2003), en el que esperar el rechazo, esconderse y la homofobia interiorizada figuran entre los procesos de estrés. Ayuda a entender por qué, aunque ya no ocultes nada, a veces el cuerpo sigue vigilando.
Cómo se trabaja en terapia afirmativa
En terapia afirmativa tu orientación nunca es un problema que resolver. No hay nada que corregir en a quién deseas ni en cómo te identificas. Intentar cambiarlo no es terapia, y en España el artículo 17 de la Ley 4/2023 prohíbe las llamadas «terapias de conversión» en cualquier forma, aunque la persona dé su consentimiento.
Lo que sí se trabaja es lo que duele alrededor. Por ejemplo, la vergüenza, ese «a mi edad, esto» que te frena justo cuando quieres disfrutar algo nuevo. O el duelo por lo que no pudiste vivir cuando tocaba, sin convertirlo en una deuda que haya que saldar a toda velocidad. También la comparación, para volver a tu propio ritmo cuando el de los demás te pesa, y el malestar concreto: la ansiedad antes de una cita, el vacío después de algunas noches, lo que cuesta poner límites o pedir lo que quieres.
Se busca que lo que vivas lo elijas tú, sin que nadie te frene ni te empuje. Cada proceso lleva su ritmo y no hay un calendario cerrado. Así se trabaja en la terapia LGTBIQ+ online, donde te atendemos desde un enfoque afirmativo.
¿Cuándo pedir ayuda?
Puede tener sentido buscar apoyo si la vergüenza te frena cada vez que quieres vivir algo nuevo, si la comparación te amarga lo que sí estás viviendo, si la prisa te mete en situaciones que no quieres o si después de algunas experiencias te sientes peor contigo. También si solo quieres un sitio donde hablar de todo esto sin que nadie te mire raro.
Si aparecen pensamientos de hacerte daño, no esperes a tener cita: 024 (24 horas), 112 si hay peligro inmediato o 717 003 717 (Teléfono de la Esperanza).
La valoración gratuita la hace el equipo: es un primer espacio, sin juicio, para ver contigo por dónde te conviene empezar. Si quieres seguir leyendo, en el blog LGTBIQ+ hay más sobre estos temas.
Esto es divulgación y no sustituye una consulta. Andrés Silvestre Gámez, psicólogo general sanitario, colegiado M-40811 (COP Madrid).
Preguntas frecuentes
¿La «segunda adolescencia» es un diagnóstico?
No. Es una forma popular de hablar, sin criterios ni categoría de trastorno, que sirve para nombrar una vivencia: vivir de adulto experiencias que la ocultación dejó en espera. Y si te pesa, merece atención aunque no tenga etiqueta.
¿Es normal sentir que voy tarde respecto a otros gais de mi edad?
Es una sensación frecuente, y se explica: la edad a la que se viven estos hitos depende mucho de cuándo pudiste reconocerte y del entorno en que creciste. Ir a otro ritmo no significa que te falte algo: tu historia empezó en otras condiciones.
¿Tener muchas citas o parejas es un problema?
El número, por sí solo, no dice nada; importa cómo te sientes tú. Si lo disfrutas y encaja con tus valores, no hay nada que corregir. Si te deja malestar, notas que se te va de las manos o alguien sale dañado, conviene mirarlo con calma.
Tengo pareja estable, ¿puedo sentir igualmente que me perdí cosas?
Sí. Puedes querer a tu pareja y sentir a la vez duelo por lo que no viviste antes de conocerla, y sentirlo no te obliga a cambiar nada de tu relación. Pensarlo a solas o hablarlo en terapia ayuda a separar la nostalgia de una decisión real.
¿La terapia va a intentar frenarme o cambiar a quién deseo?
No. La terapia afirmativa no juzga cómo vives tu sexualidad ni busca cambiar tu orientación: intentarlo no sería terapia, y en España la Ley 4/2023 lo prohíbe. Se trabaja lo que a ti te hace sufrir, a tu ritmo.
¿Les pasa también a mujeres lesbianas o a personas trans?
Puede pasar, cada una con su historia. Este artículo se centra en hombres gais y bisexuales, pero la idea de fondo sirve igual: vivir tarde lo que la ocultación aplazó es comprensible y no es un fallo personal.